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Imagen de sección
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Virgen de Covadonga

 La Virgen de Covadonga, conocida popularmente como La Santina, es una imagen de la Virgen María que se encuentra en una cueva en Covadonga, concejo de Cangas de Onís, es la patrona de Asturias.
Según la tradición, la Virgen ayudó a los cristianos capitaneados por Don Pelayo provocando un desprendimiento de rocas en la conocida como Batalla de Covadonga que diezmó el ejército árabe. Esta victoria es legendariamente considerada como el inicio de la Reconquista y la reinstauración de los reyes cristianos en la Península.

 

 En el año 722 los musulmanes estaban dispuestos a terminar con el último bastión de resistencia que quedaba en la península capitaneada por Pelayo y los astures que se habían unido a él. Un fuerte contingente musulmán procedente según algunas versiones de Gijón, se aproxima hasta el Monte Auseva donde se encuentra la Cueva Santa. Ante la imposibilidad de tomar el lugar los musulmanes se retiran de Covadonga camino a sus bases. En el trayecto de vuelta parece ser que las tropas musulmanas son diezmadas por algún tipo de accidente natural, un rio o un desprendimiento natural. También cabe la posibilidad de que los astures hostigaran la retirada musulmana con una táctica de guerra de guerrillas que ya había sido usada en época romana.
La salida del contingente militar musulmán de Asturias es celebrado con gran júbilo y considera la tradición popular que la intercesión de la Virgen de la Cueva Santa ha sido decisiva en el resultado final de la batalla. En ese mismo momento y según las tradiciones, Pelayo es elegido rey por aclamación y establece su capital en Cangas de Onís (737), población cercana al monte Auseva.

 

 La Santa Cueva de Covadonga (Cuadonga en asturiano) es un santuario católico situado en el Principado de Asturias. Se trata de una gruta en las estribaciones del Monte Auseva, que da nombre a la parroquia de Covadonga en el concejo de Cangas de Onís. El significado de «Covadonga», procede de «Cova de onnica» y significa la fuente de la cueva. El sufijo onnika fuente deriva del cético onna "río" y conforma en la zona numerosos topónimos como Isongo "fuente del Is", Triongo "tres fuentes", Candongo "fuente blanca", etc. La versión tradicional que hace venir el nombre del latín «Cova Dominica», o «Cueva de la Señora» (por estar el lugar dedicado al culto de la Virgen de Covadonga) y habría dado en asturiano «Covadominga».

 

 El origen de la Cueva como lugar de culto es controvertido. La tradición afirma que don Pelayo, persiguiendo a un malhechor que se habría refugiado en esta gruta, se encuentra con un ermitaño que daba culto a la Virgen María. El ermitaño ruega a Pelayo que perdone al malhechor, puesto que se había acogido a la protección de la Virgen, y le dice que llegaría el día en que él también tendría necesidad de buscar amparo en la Cueva. Algunos historiadores dicen que lo más verosímil es que Pelayo y los cristianos, refugiados en la Cueva de los musulmanes, llevaran consigo alguna imagen de la Virgen y la dejaran allí después de su victoria en la Batalla de Covadonga. En ambos casos la presencia de la imagen está confirmada desde el siglo VIII.

 

 La primera construcción en la Santa Cueva data de tiempos de Alfonso I, el católico quien, para conmemorar la victoria de don Pelayo ante los musulmanes, manda construir una capilla dedicada a la Virgen María, que daría origen a la advocación de la Virgen de Covadonga (conocida popularmente como la Santina). Además del altar a la Virgen se construyeron otros dos para San Juan Bautista y San Andrés. Alfonso I hace entrega de esta iglesia a los monjes benedictinos. La Cueva estaba recubierta de madera pero en 1777 un incendio destruye la talla original de la Santina. La actual talla data del siglo XVI y fue donada al Santuario por la Catedral de Oviedo en 1778. La talla de la Virgen es de madera policromada, de dulces facciones, sostiene al Niño y una rosa de oro.

 

 La Cueva Santa es una oquedad natural existente en el Monte Auseva. En la actualidad se accede a través de un túnel en parte natural y en parte artificial realizado por el arquitecto Luis Menéndez Pidal Álvarez que permite el paso a los peregrinos que quieren alcanzar el interior del santo lugar. A él se llega por una escalera llamada de la promesa y de 101 peldaños, en cuyo arranque encontramos dos leones en mármol de Carrara en actitud de reposo y que recibe el nombre de entrada de los leones. Superada la escalera entramos en el túnel cerrado por una puerta de hierro fundido. En el espacio de la cueva encontramos dos ambientes distintos, uno de ellos formado por una pequeña capilla de piedra y el otro por un altar donde se encuentra la talla de la Virgen. En el túnel de acceso a la cueva encontramos en un hueco excavado en la pared un conjunto de tres cruces de piedra.

 La mesa del altar está realizada en piedra. Destaca el frontal del altar realizado en bronce que representa la batalla de Covadonga. Los relieves están realizados en tres colores: dorados los relieves que representan lo celestial, plateados lo cristiano y en cobre lo musulmán.
Presidiendo el altar la imagen de la Santina y por detrás de ella a modo de retablo moderno, una estructura semicircular dividida en dos franjas horizontales. En la inferior representaciones de algunos reyes astures: Pelayo, Alfonso I el católico, Fruela, Alfonso II el Casto, Ramiro I, Ordoño I y Alfonso III el Magno. La franja superior se decora con una serie de arcos que tienen como fondo la pared de la cueva y en cuyas enjutas figuran medallones circulares adornados con vivos colores. Tanto los medallones como la arquería recogen influencias del arte ramirense. La decoración bebe en fuentes visigóticas. Del techo de la cueva penden lámparas inspiradas en las lámparas votivas del tesoro de Guarrazar de época visigoda. Todo este conjunto es obra del escultor valenciano Juan García Talens.
En el interior de la cueva también conviene resaltar un facistol realizado en bronce en forma de águila, la silla-cátedra realizada en piedra que apoya en dos pequeños osos también de piedra, y la barandilla de hierro que hace de balcón de la cueva que asoma a la plaza principal del santuario. Es el conocido como balcón de las bendiciones.

 

 En el interior de la cueva el rey Alfonso I el Católico construyó en el 740 una iglesia de madera de tejo con tres altares dedicados a la Virgen María, a San Juan Bautista y a San Andrés. Esta iglesia recibía el nombre de Templo del Milagro porque era milagroso como podía mantenerse volada y colgada de la montaña. Encomendó la custodia del lugar a los monjes benedictinos. En el año 1777 como ya hemos indicado este templo y todo lo que contenía la cueva que estaba completamente cubierta por madera ardió en su totalidad.
Durante su pontificado, el obispo Sanz Forés (1868-1881) encargó a Roberto Frassinelli la construcción de una nueva capilla en el interior de la cueva. Esta era de madera y su entrada estaba formada por tres arcos de medio punto. La cornisa estaba coronada por almenas y en la parte superior disponía de un friso con los doce apóstoles. Esta capilla no ha llegado hasta nosotros.
Lo que existe en la actualidad como segundo elemento en importancia en la cueva es la Capilla-Sagrario del interior de la cueva. Construida en 1939 por Luis Menéndez-Pidal Álvarez, es de estilo neo-románico. Su techumbre es de madera policromada en color oro con viñetas de códices antiguos y fue realizado por Juan García Talens. Dispone de un pequeño altar y un baldaquino que sirve para guardar a la Santina en épocas de fuertes temporales de frio, nieve o lluvia intensa.

 

  En la unión del túnel de acceso con la cueva podemos encontrar dos sepulcros reales, en uno de ellos descansan los restos de Pelayo y su esposa Gaudiosa que fueron trasladados en tiempos de Alfonso X el Sabio desde la iglesia parroquial de Santa Eulalia de Abamia en el concejo de Cangas donde se encontraban sepultados.
El otro sepulcro es el del rey Alfonso I el Católico (yerno de Pelayo) y su esposa Ermesinda.
Por debajo de la cueva encontramos una cascada y un estanque formado por las aguas del rio Deva que se precipita desde el interior de la montaña.

 

 Veinticuatro horas en la vida del santuario con el personal que se dedica todos los días al mantenimiento de las instalaciones y, en especial, de la imagen de la Virgen de Covadonga. Las puertas de la cueva de Covadonga se abren a las ocho de la mañana en punto, invierno y verano. Primero, la verja central, la que se encuentra más cerca del hotel Pelayo. Después, la que da acceso a las escaleras y, por último, la verja del pequeño recinto destinado al culto en la cueva. El siguiente paso es acondicionar el lugar para ese culto (hay misa en la cueva todos los días). El mantel de las celebraciones que cubre el altar impide parcialmente su vista, y es una pena. Todo un mundo de iconografía con tintes medievales. Por lo demás, la cueva ha quedado lista la noche anterior. La Virgen, con sus ropajes cuando están puestos los tres elementos que componen lo básico de las ropas parecen uno solo. El vestido lleva incorporadas unas cintas que son las que sujetan la ropa a la talla. El rostrillo, la tela alrededor de la cara de la imagen, es sujetado por la corona. Al vestido del Niño se le ajusta un pequeño cordón. La asombrosa base de flores de la Santina ya quedó preparada la noche antes. Las flores que los fieles dejan a la Virgen de Covadonga quedan en macetas con agua, a la izquierda de la imagen, en la cueva. Nuestro propósito, explica el abad de Covadonga, es que todas las flores acaben a los pies de la Santina. La persona encargada del trabajo floral une y separa, busca conjunción de colores y logra que rosas convivan con claveles, y gladiolos con crisantemos en buena armonía. Hay que cuidar los detalles, incluso el de dar prioridad a un determinado color de flor según sea la tonalidad del manto de la Santina. Al final, el resultado es sorprendente.

 

 Al otro lado del santuario, otra persona se encarga de abrir el museo donde se exponen, entre otros muchos objetos, el famoso manto donado por Isabel II y la no menos conocida corona del orfebre lenense Félix Granda Buylla (1868-1954), que se muestra tras un cristal de seguridad. La materia prima con la que está realizada así lo aconseja: oro, platino, perlas, brillantes, zafiros y rubíes. La corona, que se usa en ocasiones muy especiales, tiene su réplica para el Niño. Las dos piezas andan ya cerca de su primer centenario.

 

 Covadonga resucita, por decirlo de alguna forma, a partir de 1854. En diciembre de aquel año el Papa Pío IX, el convocante del Concilio Vaticano I, proclama el dogma de la Inmaculada Concepción, dando un impulso decisivo a los actualmente más renombrados Santuarios marianos en el mundo, incluido Covadonga. Aquel dogma era esperado por la devoción popular cristiana desde hacía siglos y es el documento que está en el fondo de la gran transformación del santuario asturiano, la Lourdes española como se la conocía por entonces. Sólo con esa idea de trascendencia se entiende la construcción de la imponente basílica, terminada en 1901, y su amplia explanada anexa. El escenario de la cueva, la monumentalidad del entorno y la devoción cimentada en historias y leyendas animan a pensar que la Santina, la que hoy conocemos, estuvo ahí desde la noche de los tiempos.

 

 La imagen de la Virgen de Covadonga es conocida popularmente como la Santina. La actual imagen es obra del siglo XVI pero reformada en 1874 por el imaginero valenciano Antonio Gasch que le dio su actual configuración. La talla es de madera de roble policromada, Sus medidas son 71, 4 cm de altura, incluyendo la peana, la anchura llega a 46 cm, y la profundidad a 21cm. Tiene al Niño Jesús sobre la mano izquierda, figura que fue colocada en 1704, ya que la imagen original no la llevaba. La imagen anterior ardió accidentalmente en 1777 en un incendio que se produjo en el interior de la Cueva, aunque parece ser que tampoco era la imagen original que Pelayo había puesto en la cueva.
La imagen original de Pelayo recibía el nombre de María Santísima de las Batallas y hasta 1743 se encontraba en el interior del templo construido en la cueva en el siglo VIII por el rey Alfonso I el Católico. La Santina es una imagen de María entrañada e inculturada en el pueblo asturiano por historia, por antigua tradición, por transmisión familiar, por experiencia religiosa personal. Arraigada profundamente en las gentes de esta tierra, constituye uno de los signos con más fuerza y poder de convocatoria de los que Asturias tiene. Desde su venida a la Cueva, hace más de mil trescientos años, las presiones agresivas del duro clima, quizá hayan obligado a cambiar las imágenes concretas en numerosas ocasiones pero no la devoción que los asturianos le procesan.

 

 Durante la guerra civil la imagen de la Virgen desaparece, y es encontrada en la embajada de España en Francia en 1939, aunque no fue objeto de profanación alguna. Terminada la Guerra, se hizo cargo de la Embajada Española en París el doctor Don Pedro Abadal quien comunica del hallazgo de la imagen en París y él mismo trasladó la imagen en su coche desde la Embajada, donde fue encontrada, hasta la frontera. El día 11 de junio de 1939 entraba triunfalmente en España la imagen de la Santina. La ciudad de Irún se disponía a recibirla con una extrema exaltación de religiosidad. El mismo entusiasmo suscitó la Santa Imagen en San Sebastián, Loyola, Mondragón, Vitoria, Valladolid y León. El día 13 llegaba a Asturias entrando por Pajares. Pasó nueve días en la Catedral de Oviedo visitó Gijón, Avilés y varios pueblos hasta que por fin llegó a Covadonga donde con gran entusiasmo se entronizaría. Fue recibida en el llamado Campo del Repelao por el Cabildo de la Colegiata el 6 de agosto, depositándose la imagen de la Virgen en la Santa Cueva de Covadonga.

 

 La actual talla data del siglo XVI y fue donada al Santuario por la Catedral de Oviedo en 1798. Es una talla policromada cubierta de vestiduras y manto, aunque fue concebida para mostrarse sin el ropaje y el manto está pintado sobre la madera en un color azul verdoso adornado con flores rojas. La capa es de color rojizo con los bordes dorados, así como el cinturón y los bajos del faldón tallados en la escultura. La Virgen sostiene al Niño Jesús en su mano izquierda y en la derecha sujeta una rosa de oro. Sobre su cabeza, una corona dorada con perlas en sus aristas y brillantes incrustados. Del arco que describe la parte superior de la corona pende una paloma representando al Espíritu Santo, rodeada de un círculo de brillantes.
La imagen de la Virgen de Covadonga estuvo en la cercana capilla de la Colegiata de San Fernando desde 1778 hasta 1820, en que fue llevada a la Cueva, donde se había habilitado una pequeña capilla para su custodia. Fue coronada canónicamente en 1918, coincidiendo con el decimosegundo centenario de la histórica batalla de Covadonga. Por este motivo la talla de la Virgen de Covadonga fue una de las primeras imágenes marianas de España en recibir la Coronación canónica.

 

 La imagen se levanta sobre un pedestal de piedra, en cuya base se encuentran tres querubines, es una imagen cubierta con capa de seda y con el Niño en su mano izquierda. Va coronada con una gran diadema. A raíz del incendio de 1777 el Cabildo de la Catedral de Oviedo hizo entrega en 1778 de la imagen que hoy tenemos en el santuario.
En su vestidura merece destacarse el manto que luce Nuestra Señora desde los hombros hasta los pies y cae en su parte posterior en ángulo hasta la base de la peana. Sus colores cambian según los tiempos litúrgicos. Se completa con el jubón, camisa de manga larga ceñida al talle, y la basquiña o falda con sencillas estampaciones de motivos florales.
El traje es entallado en la cintura y de falda ancha, con ribetes color oro en los bajos, a media cadera y en los laterales, puños y cuello. Las ropas y el manto hacen de la Santina en la cueva una figura más estilizada. Ocurre justamente lo contrario con la talla infantil, perdida entre tanto ropaje. El Niño también tiene corona, aunque, la verdad, no le quede tan bien.

 

 Las teresianas -laicas- son las que se ocupan todos los días del mantenimiento de los ropajes de la Santina. En una de las dependencias del santuario, un armario especial guarda los cerca de cincuenta mantos que han sido donados por particulares o instituciones desde hace más de siglo y medio. El más antiguo, el que donó la reina Isabel II en 1858, bordado en oro, y que se expone en el Museo de Covadonga. Pero hay restos de mantos del siglo XVII. Cuarenta y cuatro de esos mantos están en perfecto estado para su uso. El manto de la Virgen se cambia una vez a la semana o cada diez días. A veces más frecuentemente, porque hay personas o asociaciones que donaron en su día el suyo y avisan que vienen hasta el santuario y, por deferencia, se le coloca a la Santina el que donaron.
En los armarios de los mantos hay telas con mucha historia y auténticas obras de arte. Siempre se ha dicho que el rojo es el color oficial del manto de la Santina, pero en realidad no existe tal oficialidad. Hay mantos rojos, pero también verdes, azules y blancos. Si alguien quiere donar uno, se le da un patrón. Quien trae un manto por lo general también incorpora el resto de la ropa, también la del Niño, dicen. No sólo se trata de patronaje, sino de respetar un lenguaje decorativo tradicional en las ropas de la Virgen asturiana. En unas estanterías especiales están los ropajes de la criatura, convirtiéndolas casi en una casa de juguetes.

 

 A lo largo del tiempo ha recibido siempre esmerada atención y cuidados constantes. Así el conjunto fue retocado en 1820. Se reajustó en 1874. Finalmente ha sido restaurada por el Instituto Nacional de Conservación y Restauración de la Dirección General de Bellas Artes en 1971 y 1986.
La Santina es una imagen universalmente conocida. Preside calles, fachadas y el interior de los hogares. Tras una cierta decadencia a finales del siglo XVIII y parte del siglo XIX, su devoción ha crecido y se extiende sin cesar.
Esta cordialmente arraigada en el pueblo asturiano. Sobre todo, en los emigrantes que, alejados un tiempo de su tierrina natal, al retornar, sienten como un deber cordial acudir a Covadonga, como se acude al hogar de la Madre. Es un signo que, por encima de cualquier división, une a todos los hijos Asturias
La Virgen de Covadonga
   ye pequeñina y galana,
aunque bajara del cielo
no hay pintor que la pintara

 

 

 

 

 

 El 8 de septiembre, fiesta de la Natividad de Nuestra Señora, ha sido declarado como el Día de Asturias, fiesta oficial de la comunidad asturiana. Nueve días antes comienza la novena en su santuario. Covadonga se convierte en estas fechas especialmente en uno de los santuarios españoles más visitados, al que acuden los fieles para pedir o dar gracias a la Santina. La belleza del entorno de Covadonga es inigualable y se ha convertido en uno de los lugares turísticos asturianos más conocidos y visitados.

 

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